En las profundidades del mar Caribe, frente a las costas de Guanahacabibes, un hallazgo captado por sonar ha mantenido en vilo a científicos y curiosos durante más de dos décadas. A más de 650 metros bajo el agua, estructuras con apariencia de bloques pulidos, patrones simétricos y formas casi arquitectónicas han desatado una pregunta inquietante: ¿existe realmente una “ciudad sumergida” en Cuba?
Todo comenzó en 2001, cuando un equipo de la empresa canadiense Advanced Digital Communications (ADC) buscaba restos de naufragios coloniales —muchos de ellos cargados de tesoros— en el fondo del mar Caribe. Lo que encontraron fue completamente inesperado: formaciones que no coincidían con pecios conocidos, sino con estructuras organizadas que parecían seguir un patrón definido.
Meses después, un robot submarino descendió a la zona y captó imágenes aún más desconcertantes: grandes bloques de piedra con superficies lisas, algunas formas similares a pirámides y otras con contornos redondeados que evocaban construcciones humanas. Para algunos investigadores, aquello podía ser el rastro de una civilización antigua.
Las primeras estimaciones apuntaban a una antigüedad de hasta 6,000 años, lo que colocaría estas estructuras incluso antes de las grandes construcciones del Antiguo Egipto. De confirmarse, cambiaría por completo lo que sabemos sobre el desarrollo de la arquitectura en la historia humana.
Sin embargo, el entusiasmo inicial pronto chocó con la cautela científica. La exploradora Paulina Zelitsky, una de las principales voces del hallazgo, advirtió que sería irresponsable sacar conclusiones sin pruebas contundentes. Aun así, otros investigadores defendieron que la simetría y repetición observadas no parecían obra del azar.
El mayor obstáculo para la teoría de una ciudad perdida no es solo la falta de estudios recientes —las investigaciones prácticamente se detuvieron antes de 2005—, sino la propia geología. El sitio se encuentra a una profundidad que plantea un problema clave: para que una estructura humana haya quedado a ese nivel, tendría que haberse hundido hace unos 50,000 años, una cifra que no coincide con la cronología propuesta.
Además, la ciencia ofrece una explicación menos espectacular, pero más probable. Procesos naturales pueden crear formaciones sorprendentemente regulares. Casos como las estructuras de Yonaguni han demostrado que lo que parece obra de una civilización puede ser simplemente el resultado de fracturas geológicas y erosión.
Algo similar ocurrió con el llamado “camino de baldosas amarillas” en el Pacífico, que inicialmente parecía una vía construida, pero terminó siendo una formación natural en roca volcánica.
Con el paso del tiempo, teorías más atrevidas —incluyendo vínculos con la mítica Atlántida— han alimentado el misterio en redes y foros. Sin embargo, la comunidad científica mantiene una postura clara: no hay evidencia suficiente para afirmar que exista una ciudad bajo el mar en Cuba.
Hoy, la llamada “ciudad sumergida” sigue siendo un enigma fascinante, atrapado entre la ciencia y la imaginación. Un recordatorio de que, en ocasiones, la naturaleza puede imitar tan bien a la civilización… que incluso engaña a nuestros ojos.












